"... Los productores de biocombustibles eran hace nada el súmmum de lo verde: una bendición para el medio ambiente y a su vez una alternativa al petróleo, cada vez más caro y escaso, y por lo tanto una apuesta de futuro para apuntalar la seguridad energética internacional. Entre ese halo de bondad -ahora en entredicho- y las alusiones a las trompetas del Apocalipsis de la ONU hay un buen puñado de causas, que van desde las oscuras presiones de los poderosos lobbies petroleros y alimentarios a la alta política, e incluso a la especulación en los mercados internacionales. Pero ante todo destaca el papel indiscutible -y a su vez contaminado con grandes dosis de demagogia- del biofuel en el fenomenal encarecimiento de los alimentos y su incidencia en el lado más tenebroso de la reciente crisis alimentaria: las hambrunas que afectan ya a casi 40 países... ) "El biocombustible se quema",
C. PÉREZ / C. DELGADO, Diario El País (España)
Argentina no se encuentra exenta de esta problemática. Precisamente, la demanda de cereales por parte del mercado internacional ha influido de sobremanera en la producción de nuestro país.
La aparición del biocombustible fue hace algunos años recibida con esperanza. La escasez del petróleo (recurso no renovable), la contaminación, el efecto invernadero, entre otros, fueron algunos de los factores que esperaban ser revertidos –o al menos debilitados- por esta nueva aplicación.
De aquel debate participaron también “visionarios” que previeron los riesgos que significaría a futuro la utilización de alimentos para “hacer andar maquinarias”. Y tiempo después esa profesía se cumplió.
Seguramente son muchos los factores que influyeron en la crisis alimenticia actual, o en la tala de nuestros bosques nativos, o la utilización cada vez más generalizada de fertilizantes que dañan el medioambiente. Pero hay una cuestión básica: la respuesta a la demanda. Si el mercado mundial exige incrementar las producciones de ciertos alimentos, sea por la razón que sea, por qué no dar respuesta a esa demanda. Después de todo, este es justamente el mecanismo básico de todo crecimiento.
¿Podemos impedir que un país –o la mayoría de los países- pretendan crecer correspondiendo a las necesidades impuestas? No, la verdad que no. Pero es cierto también que si seguimos por este camino las perspectivas son cada vez más negativas.
En plena globalización deberíamos aprender a diferenciar, compensar y equilibrar. Siendo realistas, de qué nos sirve contar con combustible para nuestros vehículos si en un futuro no vamos a tener las fuerzas para conducirlos. ¿Ilógico no? Cómo puede ser que no hayamos aprendido a establecer prioridades y crear políticas a largo plazo.
¿Tan difícil es pensar las cosas a futuro y medir sus posibles consecuencias? Tal vez si esto hubiese sido previsto y evaluado en su momento hoy no estaríamos viviendo las desoladoras consecuencias. El problema es que, de ahora en adelante, será muy difícil “volver atrás” y frenar las ramificaciones generadas por el monocultivo. La demanda internacional seguirá siendo la guía de nuestros errores y desaciertos, y difícilmente podremos desviarnos de sus lineamientos.
La aparición del biocombustible fue hace algunos años recibida con esperanza. La escasez del petróleo (recurso no renovable), la contaminación, el efecto invernadero, entre otros, fueron algunos de los factores que esperaban ser revertidos –o al menos debilitados- por esta nueva aplicación.
De aquel debate participaron también “visionarios” que previeron los riesgos que significaría a futuro la utilización de alimentos para “hacer andar maquinarias”. Y tiempo después esa profesía se cumplió.
Seguramente son muchos los factores que influyeron en la crisis alimenticia actual, o en la tala de nuestros bosques nativos, o la utilización cada vez más generalizada de fertilizantes que dañan el medioambiente. Pero hay una cuestión básica: la respuesta a la demanda. Si el mercado mundial exige incrementar las producciones de ciertos alimentos, sea por la razón que sea, por qué no dar respuesta a esa demanda. Después de todo, este es justamente el mecanismo básico de todo crecimiento.
¿Podemos impedir que un país –o la mayoría de los países- pretendan crecer correspondiendo a las necesidades impuestas? No, la verdad que no. Pero es cierto también que si seguimos por este camino las perspectivas son cada vez más negativas.
En plena globalización deberíamos aprender a diferenciar, compensar y equilibrar. Siendo realistas, de qué nos sirve contar con combustible para nuestros vehículos si en un futuro no vamos a tener las fuerzas para conducirlos. ¿Ilógico no? Cómo puede ser que no hayamos aprendido a establecer prioridades y crear políticas a largo plazo.
¿Tan difícil es pensar las cosas a futuro y medir sus posibles consecuencias? Tal vez si esto hubiese sido previsto y evaluado en su momento hoy no estaríamos viviendo las desoladoras consecuencias. El problema es que, de ahora en adelante, será muy difícil “volver atrás” y frenar las ramificaciones generadas por el monocultivo. La demanda internacional seguirá siendo la guía de nuestros errores y desaciertos, y difícilmente podremos desviarnos de sus lineamientos.
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